La fiesta de Ferrilo



Ferrilo despertó muy temprano esa mañana. La excitación del día de su cumpleaños le había impedido dormir como lo hacía habitual- mente y fueron varias las veces en que salió de su sueño agitado sin que, por fortuna, llegara al insomnio prolongado. No es que su cumpleaños le ocasionara siempre tantas expectativas, pero este prometía ser muy especial. Cumplía 17 años y, un par de días antes, el matón de su curso se le había acercado en un recreo y, con su habitual tono truculento y autoritario, le había dicho: “Pasado mañana es tu cumpleaños y lo vamos a celebrar en forma muy especial. Dile a los de tu casa que, al salir de clases, te irás un rato con los de tu curso a una fiestecita que te tenemos preparada”.


Los dichos de Manolo Sanéz eran órdenes inapelables y eso lo sabían hasta en su casa. Manuel y Antonio Sanéz eran dos hermanos que, recién llegados de España, habían ingresado a principios de año en su mismo curso y no tardaron mucho en establecer niveles desconocidos de matonaje y bellaquería en un medio que ya se consideraba bravo antes de su llegada, y rápidamente se asumió que los bravucones del colegio eran niños de pechocomparados con estos campeones europeos. Los curas del colegio, es- pañoles todos, parecían acostumbrados a esos extremos de rebeldía, de modo que hicieron la vista gorda y no obstaculizaron en nada el rápido liderazgo asumido por los Sanéz y especialmente por el tal Manolo.


Por eso es que sus misteriosas órdenes en torno a la celebración del cumpleaños de Ferrilo lo habían dejado tan perplejo y anonadado por lo que ni siquiera atinó a preguntarle cómo se había enterado de la fecha de su nacimiento que, ciertamente, él no había propagado.


Tendido de espaldas en su cama, Ferri- lo esperó que lo vinieran a armar, como todas las mañanas. Un terrible accidente, ocurrido en su temprana niñez, le había costado un ojo, un brazo y ambas piernas, de modo que ponerle o sacarle todas las prótesis y correajes que le permitían una vida relativamente normal era toda una faena que, tarde y mañana, cumplían con abnegación su madre y su vieja mama, a cuyo cuidado estaba desde que nació. Menos mal que su familia era muy pudiente, de modo que disponía de las mejores prótesis que permitía la tecnología de la época, lo que no evitaba que tuviera una pinza como mano izquierda y dos piernas cortas de fierro que, semiarticuladas y cortitas, se encajaban en sus mutilados muslos y le daban una apariencia de enano tieso con un torso completamente desproporcionado a la altura. Ni qué decir que, aunque su nombre de pila era José, todo ese complejo aparataje lo clavó con el sobrenombre de Ferrilo, que hasta sus profesores utilizaban coloquialmente. Solo en su casa le decían José o Pepito, pero hasta a él esos nombres le sonaban un poco raros, puesto que todo el mundo lo conocía por su sobrenombre y la mayoría ni siquiera sabía cómo, en verdad, se llamaba.


Los niños y los adolescentes son natural- mente crueles, de modo que la vida de Ferrilo habría sido un infierno si él no hubiera desarrollado extraordinariamente sus mecanismos de defensa. Como sus terribles mutilaciones no le garantizaban ninguna consideración de parte de sus compañeros de colegio y de barrio, él correspondía a sus interminables bromas, imitaciones y empujones con una especial malignidad y con un lenguaje tan procaz y afilado, que muchos habían concluido que era mejor no meter- se con él. Sus insuficiencias físicas las suplía con una capacidad de observación y con una penetración psicológica que, con su lengua viperina, le permitían pegar donde más duele. No obstante su empeño en ignorar sus mutilaciones, no podía negarse a aceptar que las transformaciones y complejos de la adolescencia lo afectaban igual que a los demás, aunque en forma diferente, y ello le permitía una observación lejana, pero comprometida, de lo que implicaba para cada uno de sus compañeros. En forma muy especial, el despertar de la sexualidad le proporcionaba un campo infinito de captación de complejos, conflictos, apetencias e inhibiciones que trasformaba en municiones para su implacable lengua.


Las repugnancias atávicas eran uno de sus campos de acción preferidos. Tal vez sus propias mutilaciones, que ciertamente las desencadenaban, lo habían dotado de cierta inmunidad en relación con ese tipo de reacciones irracionales, de modo que manipulaba arañas, gusanos, babosas, serpientes, batracios y alimañas de todo tipo, con una soltura que fascinaba y horrorizaba a los demás. Por eso es que sabía la eficacia defensiva de un animal de ese tipo en el bolsillo, en las instancias en que había que poner a raya a los importunos. Uno de sus trucos favoritos, en los corrillos que se formaban para divertirse a su costa, consistía en llevarse las manos a la cuenca donde estaba su ojo de vidrio, para enrollar el párpado, revolverla ostensiblemente y sacarlo para lamerlo con la lengua. Invariablemente, se precipitaba el desbande, en medio de gritos de asco y repulsa, mientras que él, como un enano maligno, se quedaba solo y riéndose a carcajadas.


Ferrilo llevaba, en realidad, dos vidas paralelas. En el colegio y la calle era agresivo, desfachatado y procaz; en su casa y en el seno de su familia, en cambio, era introvertido, indócil y mortificante. Como no podía cobrarle sus desdichas a nadie más que a sus padres y familiares, con ellos era amargo, desagradecido y los mantenía sometidos con el complejo de culpa que en ellos provocaba su terrible accidente, aunque sin razón objetiva alguna. Jugando al mártir, tiranizaba a los suyos y no sentía ningún remordimiento por el dolor y la condena vitalicia que les imponía.


Esa mañana, al ingresar atrasado a la sala de clases, sus compañeros se pusieron de pie y lo aplaudieron, con la evidente complicidad y complacencia del profesor. Pero eso fue todo, aparte de algunos palmetazos y saludos individuales en los recreos, de modo que tuvo que tragarse su impaciencia durante toda la jornada, esperando ver lo que ocurriría a las cinco de la tarde, hora en que todos salían del colegio.


Escrutó atentamente los semblantes de todos los de la clase, buscando signos de complicidad colectiva en la supuesta fiestecita de la tarde, pero no encontró rastro alguno de ella. Incluso se acercó a los tres compañeros que más alejados estaban de la patota que comandaban los Sanéz, pensando que en ellos sería más fácil detectar una connivencia general acorde con el aplauso de la mañana. Esos tres eran, coincidentemente, los que más distancia mantenían con él mismo.


En primer lugar, estaba el Conde. Se llamaba Felipe Zubaldía, pero todos le decían el Conde porque era bastante mayor que los demás y mantenía una desdeñosa lejanía que lo con- vertía en un sujeto imperturbable, solitario y, de alguna manera, aristocrático. Nadie sabía nada de él y nadie lo tenía como amigo. Se decía que no tenía padres y su familia, que era del sur, lo mantenía en Santiago y no se preocupaba de él en lo absoluto, al punto que ni siquiera iba a su casa en las vacaciones. Llegaba todas las mañanas atrasado y entraba a la clase con El Mercurio bajo el brazo, sin que alguien recordara haberlo visto con un libro o un cuaderno, para no hablar del bolsón que parecía ser el uniforme de calle de todos los demás. Vestía impecablemente, de cuello y corbata, y aunque su ropa era de venerable y rigurosa antigüedad, jamás estaba sucia o ajada, de modo que le permitía una atildada elegancia, sustentadora del título nobiliario que se le atribuía. Era pésimo alumno, porque nada de lo que le enseñaban parecía importarle, pero revelaba una aguda inteligencia cada vez que algún asunto le despertaba un interés ocasional. Una vez que, por algún disgusto que pasó de la raya, le exigieron presentarse con su apodera- do, llegó a la cita con el rector acompañado de su polola, una estupenda muchacha cuyo firme taconeo en los embaldosados pasillos quedó re- sonando por meses en los oídos de toda la co- munidad escolar, curas y profesores incluidos. El rector se indignó, por estimarlo una tomadura de pelo, pero tuvo que rendirse a la evidencia de que el Conde no tenía más apoderado que ella y que era su firma la misma que avalaba las notas y comunicaciones que el colegio enviaba a los padres y apoderados. Con ese trasfondo, no es de extrañar que la distancia entre Ferrilo y el Conde fuera sideral, porque este, con su actitud, se había mantenido fuera del alcance de todos sus dardos verbales.


Si la cara del Conde no le dijo nada, me- nos aún sacó del semblanteo de Maese Pedro y del Mateo Santos. El primero, que en realidad se llamaba Pedro Villegas, era el chupamedias, soplón y favorito de los curas a los ojos de todo el curso. Era un muchacho plácido e introvertido, con una vocación musical tan desarrollada, que había aprendido a tocar el órgano en forma admirable y con solo la rudimentaria enseñanza del padre Calixto, que era el encargado de toda la liturgia sonora que acompañaba a las ceremonias religiosas del colegio. Era tal la disposición de Villegas que, en un corto tiempo, fue capaz de reemplazar al cura y ya había entrado en la etapa de las frecuentes invitaciones para tocar el órgano en las misas de otros colegios y parroquias aledañas. Fue precisamente el padre Calixto el que lo bautizó como Maese Pedro, aludiendo, según supieron después, al parecido de su nombre con el de un maestro organista de un cuento del escritor español Gustavo Adolfo Bécquer. La cercanía con los curas que le provocaba su pasión musical fue la que le creó la fama de que gozaba, aunque Ferrilo, más objetivo que los demás, ya había observado que jamás existió un solo caso en que un castigo pudiera serle atribuido a un soplonaje de Villegas. En todo caso, Maese Pedro vivía en un limbo aparte y su participación en las patotas y afanes de los demás era la mínima necesaria para sobrevivir a la general hostilidad que lo rodeaba, en vista del aceptado axioma de que alguien con sus aficiones no podía dejar de ser maricón y chupamedias.


En cuanto al Mateo Santos y su peña, con- formaba un grupo aparte, en que el posiciona- miento era el conocimiento. Osvaldo Santos era un fulano difícil de clasificar, porque no correspondía al mateo común. Pequeño y frágil, era bastante rebelde y su pasión por el estudio no se relacionaba directamente con las materias en curso. En verdad, siempre estaba investigando temas extraños, pero como vivía para leer, eso le bastaba para ser el mejor alumno del curso y acaparar todos los premios, diplomas y distinciones. A nadie le caía muy bien y Ferrilo no era la excepción, quizás porque sus armas defensivas, al igual que las suyas, se situaban más allá de la fuerza bruta y la habilidad en una cancha de fútbol. El Mateo basaba su fuerza en la generosidad indiscriminada conque repartía sus ayudas cognoscitivas, de modo que todos se peleaban sus resúmenes y comentarios para poder calentar las pruebas y exámenes. Su fuerte, sin embargo, eran las atormentadoras matemáticas, de manera que la pelea para sentarse en su entorno para las evaluaciones periódicas era bastante ardua y extrema. Él, como monarca superior y dadivoso, repartía soplos e indicaciones que le habían salvado la vida a más de alguno, de modo que no lo molestaban demasiado y hasta le retribuían sus palanqueadas incluyéndolo en el equipo del curso, donde sus inhabilidades futbolísticas eran palpables para todos, menos para él.


El Mateo era muy pulcro para hablar y jamás decía un garabato, lo que era más notable que sus propias piernas de fierro. En una ocasión, un interrogatorio sorpresivo del profe- sor de castellano no tardó en dejar en claro que el único que había leído El Buscón era Santos. Luego de ponerle un uno a todos los demás, el profesor lo interrogó para, seguramente, adjudicarle un siete. Como última pregunta lo conminó a responder cuál era la profesión de la madre del Buscón. De inmediato Santos se puso colorado y empezó a hablar de mala vida y conductas livianas, hasta que el señor Rodríguez lo interrumpió, jocoso, para decirle “te voy a poner solo un seis, porque no sabes decir puta”. La carcajada general fue la garantía de la inmortalidad de la anécdota, la que, en adelante, la recordaba todo el que quería sacar al Mateo de sus casillas.


Ferrilo detestaba a Santos, tal vez porque creía distinguir en su mirada un dejo de con- miseración, que era algo que no podía soportar. En más de una ocasión lo había zaherido con su lengua afilada, casi siempre con alusiones a la afeminación de su modo de hablar. Varias veces lo había exasperado al punto de arrancarle insultos, de esos al estilo de Santos, que costaba desentrañar. En una oportunidad le gritó ¡Kleinsack! o algo así y Ferrilo se tardó unos cuantos días en averiguar que había aludido a un enano deforme que aparecía en una ópera de esas que solo Santos y su peña podían saber que existía. ¡Una ópera! ¡Vaya tipo! Como quiera que fuera, el examen de las caras, al margen del clan de los Sanéz, le permitió concluir que cualquiera que fuera la fiestecita programada para esa tarde, ella era cuestión de un grupo y no de todo el curso. No pudo sacar otra cosa en limpio, hasta que no le quedó otra que esperar la campana de las cinco de la tarde. A su sonido, todos se desbandaron y él se quedó solo y último, porque la tarea de bajar la escalera desde el corredor de las aulas al primer piso, en su caso, no era ni fácil ni rápida. Una vez había rodado al hacerlo y se desarmó ente- ro, de modo que nunca olvidaría las carcajadas del coro que rodeó a los dos o tres que, alborotados, lo volvieron a armar. Esta vez no se cayó, pero le pesó como nunca esa faena, porque la hizo convencido de que lo de la fiestecita había sido una broma pesada y nada más, y que ya na- die se acordaba de su cumpleaños.


Pero, al bajar el último escalón, salió des- de detrás de una columna Antonio Sanéz y, sin decirle una palabra, lo tomó del brazo y lo ayudó a aligerar el largo trayecto hasta los portones del colegio. Ya todos se habían dispersado y ello volvía conspicua la destartalada camioneta en que Manolo Sanéz esperaba al volante mientras otros dos de sus compinches conversaban, sentados, en el pick-up trasero. Siempre mudo, Antonio Sanéz lo hizo subir junto a su hermano, se trepó él a continuación y, encerrado entre ambos, se pusieron en marcha con los de atrás, en una actitud de sosiego muy alejada de sus habituales gritos y alborotos.


A Ferrilo lo tenía intranquilo esta seriedad y mutismo, y esa desazón se trasformó en pánico en el momento en que, al doblar una esquina, divisó un nombre grabado en la destartalada construcción que la formaba: ¡Ricantén! ¿Sería posible que...? Al detenerse, unos metros más allá, el miedo de Ferrilo lo había paralizado, porque ya no tenía dudas de que su fiestecita sería en un prostíbulo, puesto que la calle Ricantén era la que se susurraba, entre guiños y risotadas, en los recreos del colegio se aludía a las primeras experiencias sexuales de los más osados.


Al ingresar, casi en vilo, en la pobretona casa frente a la cual se habían detenido, Ferrilo pudo comprobar que él y sus cuatro acompañantes eran los únicos invitados a la fiesta, aparte, claro está, de la media docena de pintarrajeadas mujeres que de inmediato lo rodearon, acariciaron, tironearon, besuquearon y atiborraron de un indefinido ponche que extraían de una enorme y estrafalaria petunia de vidrio. Sus compañeros se sumaron a la algarabía, pero sin la menor alusión a las condiciones físicas del compañero al que estaban iniciando y esa misma actitud imperó cuando, tras un intercambio de señales entre todos, lo alzaron para llevarlo a una pieza con una enorme cama en la que lo tendieron, lo desnudaron y le sacaron todo su aparataje de pobre inválido.


Una vez que Ferrilo se quedó solo con una mujer a la que había oído llamar Zoila, la vio como, parloteando sin cesar, se quitaba la poca ropa que tenía puesta y, luciendo su espléndida desnudez, se deslizaba junto a él bajo las sábanas del inmenso lecho. Al acercar su pintarrajeado rostro al suyo, Ferrilo pudo comprobar que, bajo la pintura y la grosera máscara de desfachatez y desvergüenza, se encontraba la cara pálida y tirante de una muchacha no mucho mayor que él mismo. Pero no había en ella signos de asco y ni siquiera de desagrado y fue con mucha naturalidad que ella inició sus caricias y estimulaciones, que a Ferrilo le hacían el efecto
de pequeñas descargas eléctricas que lo enervaban, lo estremecían, lo enloquecían...


Una hora después, sus compañeros entraron para armarlo y Zoila declaró, a voz en cuello, que nunca había tenido en la cama a un amante más fogoso y satisfactorio, mientras José Pepito Ferrilo no podía hacer comentarios, porque estaba llorando. Lloraba de vergüenza por su desnudez, lloraba de pena por no haber tenido más que una mano y unos cuantos muñones para acariciar la carne fresca y palpitante que se le había ofrecido, y lloraba, sobre todo, de alegría de sentirse hombre cabal a pesar de todo. Deslumbrado, comprendía recién ahora que los Sanéz no eran los demonios por los que siempre los tuvo, sino que ángeles de cara sucia que habían cruzado el inmenso océano para darle, en su cumpleaños, precisamente el regalo que necesitaba para tener la fe y la alegría de vivir que nunca había cabalmente conocido. Al dejar la casa y la misteriosa calle Ricantén, Ferrilo sabía que podría tener su cuota de felicidad y de plenitud porque, para pararse enhiesto ante la vida, no son imprescindibles los brazos y las piernas y ni siquiera los ojos. Se había disipado su más recóndito y atormentado temor: el de ser toda su vida un monstruo asexuado, al que le estaría negada hasta la reproducción, que es, en última instancia, la inmortalidad de los pobres. Por primera vez amó a sus semejantes y, al llegar esa noche a su casa, exhausto y sobreexcitado, pudo decir “mamita” como no lo había hecho antes.


Años después, con su esposa e hijos revoloteando a su alrededor, Ferrilo tendía, con siempre renovada ternura, la mirada del recuerdo sobre su memorable cumpleaños número diecisiete. Al aflorar esa experiencia en su memoria, una enigmática sonrisa iluminaba su rostro mientras rechazaba, mansa y cariñosamente, los gritos de sus pequeños para pedirle que se sacara y lamiera el ojo de vidrio, cosa que a ellos les causaba risa en lugar del horror de los demás.