Conocí a José Said en 1954 al borde de una cancha de futbol. Él había sido invitado a presenciar un partido de un equipo de la
colonia palestina, en el que jugaba un primo de él, hermano de Jaime Said.
Corrían los meses en que la Concertación de Partidos por la Democracia comenzaba a discutir la nominación de un candidato único para enfrentar la elección presidencial de 1989 y en España gobernaba Felipe Gonzalez.
Vine a conocer a la señora Elena Waiss (1908–1988), la fundadora de la Escuela Moderna de Música y clavecinista y pianista de la Orquesta Sinfónica de Chile por dos décadas, en el tiempo en que yo me empinaba en los doce años.
En 1925, en los postreros años del primer gobierno de don Arturo Alessandri Palma visitó Chile el entonces príncipe de Gales y futuro rey Eduardo VIII del Reino Unido.
El teatro estaba lleno y hacía mucho calor en la calle. Durante el intermedio salimos a tomar un refresco y luego retornamos a nuestras butacas, para ver el segundo acto. Pero, de pronto, la luz se apagó bruscamente sin la gradualidad que suele darse en estos casos.
En otra oportunidad, mi estadía en Madrid me provocó la visita de una señorita a la que le había llevado un diploma que le enviaba un tío chileno que me pidió ese favor. Muy agradecida, insistió en ser mi guía y cicerone para mostrarme algo de ese Madrid que nunca ven los turistas.
Marcel Proust título su obra maestra Á La Recherche Du Temps Perdu, que nosotros, generalmente, traducimos como En busca del tiempo perdido. Pienso que no se trata de una traducción muy feliz, porque creo que la intención del genial autor francés fue, más que buscar el tiempo perdido, la de rescatarlo, es decir recobrar algo que se ha perdido y que, si no se recupera, se extraviará para siempre.
Cuando accedí a la presidencia de la SOFOFA (Sociedad de Fomento Fabril) en junio de 1971, era un rito del cargo ir a saludar a don Jorge. Es que, en esos tiempos, don Jorge Alessandri Rodríguez, expresidente de la República y quien estuvo a punto de ser reelecto a fines de 1970, no solo era un ícono para todos los empresarios de Chile
Esperaba con impaciencia la campana de la salida de clases. Lo habían comprometido para tocar el órgano en una ceremonia religioso y tenía que tomar dos buses para llegar a la iglesia en que tendría lugar.
Ferrilo despertó muy temprano esa mañana. La excitación del día de su cumpleaños le había impedido dormir como lo hacía habitualmente y fueron varias las veces en que salió de su sueño agitado sin que, por fortuna, llegara al insomnio prolongado.