Pompa y circunstancia

En el año 1902, para la coronación del rey Eduardo VII de Inglaterra, se utilizo una de las estupendas marchas del compositor Edward Elgar que, desde entonces se ha trasformado, con el nombre de “Pompa y Circunstancias” en parte del protocolo real hasta nuestros propios días.  Todavía más, se utiliza en muchas partes del mundo para enmarcar acontecimientos de especial solemnidad y realce. 

 

Estoy seguro que hoy hay mucha gente que mira con cierto desprecio y hasta rencor una música que exalta la solemnidad de ciertas formas de gobierno que dan por superadas y representativas de una segregación social obsoleta y ponzoñosa.

 

Pero, la verdad es que el ser humano necesita mirar a ciertas instituciones con el respeto que merece su significado de entidad personificada que es superior y merecedora de respeto y homenaje.

 

Desde los albores de la humanidad, la especie humana tuvo que renunciar al gobierno óptimo porque ese sería el absoluto de un hombre perfecto.  Pero como el “hombre perfecto” no existe, ha buscado siempre realzar la naturaleza casi mística del mandato que lo convierte en gobernante.  De esa necesidad psicológica de ver gloria y majestad en el gobernante nació el protocolo que magnifica no al hombre si no que al cargo. 

 

Seria largo hacer historia de la forma en que eso se ha hecho en nuestros días de todo eso quedan restos evidentes en las cortes reales y sobre todo en el ceremonial de la iglesia.  Con todo esto, quiero enfatizar el hecho evidente de que el protocolo para tratar con los monarcas y mandatarios es más una necesidad de los gobernados que el deseo de glorificación del gobernante.  Una de las manifestaciones más expresas de esa necesidad era una parte ignorada pero significativa del protocolo con que se entronizaba a un nuevo pontífice.  Mientras era paseado en su trono por la Plaza de San Pedro, un sacerdote cualquiera iba a su espalda quemando trocitos de estopa y susurrándole al oído "sic transit gloria mundi” (“así pasan las glorias del mundo”).

 

Por eso es que cuando un mandatario llega en bicicleta al palacio de gobierno, no usa chaqueta ni corbata y gusta de parecer un hombre cualquiera aún en los encuentros diplomáticos todo ello como gesto demostrativo de que está allí como el hombre cualquiera que quiere representar, es segura señal de que no entiende lo que significa su cargo ni respeta la majestad de sus funciones.  En verdad, es signo de que no comprende que, por un determinado periodo, él es el país y su deber es representar la majestad de sus funciones mediante un ropaje respetuoso de ellas y que, ciertamente, se diferencia del hombre de la calle que parece desear seguir siendo.  A lo largo de la historia, ha habido episodios que demuestran esa necesidad popular de imaginar que el electo mandatario, por el hecho de ser tal, ha cambiado de personalidad y es otra persona, mucho más elevada, de la que había sido antes y será después de dejar su cargo.  Por mencionar algunas de esas simbolizaciones, podemos recordar que, en determinados periodos de su larguísima historia, los faraones egipcios cambiaban de nombre al asumir el trono y, al coloquial de toda su vida superponía el llamado “nombre en Horus” que sería con el que se le llamaría durante su reinado.  De igual forma, a partir de cierta etapa se impuso en la Santa Sede la costumbre de que el nuevo Pontífice cambiara de nombre al momento de ser electo y ello es para enfatizar que el hombre que era antes dejo de existir y que ahora es el vicario de Dios en la tierra.

 

Por cierto, que la pregunta crucial es ¿siente el electo su cambio de personalidad?  A ese respecto, y siempre teniendo en cuenta que la evolución de la personalidad humana es muy lenta en comparación con el cambio en su cultura material, me atrevo a plantear tres episodios demostrativos al respecto.  En su obra maestra “Enrique IV, Shakespeare” (al que se ha llamado “inventor de lo humano”), muestra en forma magistral el cambio de personalidad del príncipe Harry que, de ser un tarambana virtualmente miembro de una pandilla de rufianes liderados por el tronado noble Sir John Falstaff, cuando la noticia de la muerte de su padre lo convierte en el rey Enrique V.  Al poco andar, aunque llorando, ordena la ejecución de toda esa pandilla de amigos porque saquearon una aldea francesa durante la campaña del rey en el continente. Y cuando ellos le imploran piedad, él les contesta que un rey no puede hacer excepciones a una orden real por lazos de amistad.

 

El segundo caso que evoco proviene de la boca de Eduardo Frei Montalva.  En un diálogo cercano a la fecha de su fallecimiento, y cuando estábamos analizando sus posibles errores como mandatario, me dijo: “Es que usted no se puede siquiera imaginar lo que se siente al ser electo.  Pareciera que uno es otra persona y que todo ahora le es posible”. 

 

Por último, evoco uno de los acontecimientos que más me impactaron en mi niñez.  En Santiago apareció muerta una joven en un departamento del centro.  La investigación termino por atribuirle el crimen a un profesional de alta familia y con algún tipo de vínculos con el propio mandatario de la época.  El juicio terminó en una condena a muerte, pero todo el mundo estaba seguro de que el indulto presidencial le salvaría la vida.  Pero, cerca ya de la fecha límite, el indulto fue negado y el convicto enfrentó al pelotón de fusilamiento.  Los debates en aquel tiempo fueron tales que pocos comprendieron el rostro casi lloroso del mandatario al explicar que la ley era pareja para todos y que no creía que el mandatario, por ser tal, podía alterarla.  El caso fue tan discutido y por tan largo tiempo que yo siendo un niño, nunca lo olvidé.

 

Así pues, hasta es cierto lo del cambio de personalidad y creo, en verdad, que todo hombre debe alterar su persona cuando se hace cargo de una representación que no es compatible con su persona habitual.  Para esa integridad, no se puede, por ejemplo, ser ministro en un gobierno democrático si no se cree en la democracia.

 

En siglos pasados, en la mayoría de los estados existía el castigo para el “crimen” de “lesa majestad”, que conducía al cadalso inexorablemente a quienes hubieran ofendido con palabras o con hechos a la majestad real.  Esto llego a ser tan absoluto que se aplicaba aun cuando la ofensa hubiera sido involuntaria.  Un caso notable de ese concepto lo registra la historia en el caso del noble caballero que, combatiendo contra el rey en un torneo de caballería, astilló su lanza con tan mala suerte que una esquirla de madera penetró por el visor del casco real y le causo una herida en el ojo al monarca de cuyas complicaciones falleció.  Ese monarca fue el Rey de Francia Enrique II   y su desdichado ofensor fue brutalmente ejecutado.

 

Hoy no existe el crimen de “lesa majestad” y cualquiera se mofa de los mandatarios a veces soezmente, sin otra consecuencia que el figurar en las noticias y echar fama de valiente, cuando solo debería ostentar la de impertinente.

 

También el parlamento debería cuidar por su tratamiento público porque en una democracia no se puede sustentar una institución que las encuestas de opinión muestran como despreciada y vilipendiada mayoritariamente.  La diferencia con el presidente está en que el parlamento debe evitar el insulto con un comportamiento acorde con la importancia de sus funciones, esa tarea de dignificar al Congreso debería comenzar por excluir de las elecciones a elementos que se saben mal preparados y de mal comportamiento.  En Chile, la pérdida de calidad del parlamento ha sido vertiginosa y las nuevas listas parlamentarias no auguran un mejor nivel.  Recuerdo que cuando comenzó a obsesionar la igualdad de géneros, todos estuvieron de acuerdo en facilitar el acceso a las dos cámaras de mujeres siendo uno de los argumentos el que su presencia colaboraría fuertemente al trato decoroso y razonable.  Lo que ha ocurrido es exactamente lo contrario y lo único que se ha logrado es un parlamento más chillón, más agresivo y más desfachatados.  Si fuera por su comportamiento como parlamentarias, las mujeres han hecho un flaco favor a su género.  Pero, en general, es obvio afirmar que no está buscando respeto un parlamento que presenta candidaturas de hasta procesado por la justicia.

 

En suma, la pompa y las circunstancias bien corresponden a quienes, aunque sea por periodos cortos representan la majestad de la nación, pero eso no es gratis porque requiere un comportamiento acorde con el tratamiento respetuoso que esos cargos merecen.