En tres cuartos de siglo de atenta observación de la política chilena, registro tres intentos refundacionales en este lapso de tiempo. El primero fue el de la
Unidad Popular de Salvador Allende, que en su afán de cubrirse con un manto democrático simuló transformaciones profundas a través de los famosos “resquicios legales”, en que pretendía recurrir a
facultades extraordinarias otorgadas a sus antecesores y que un Congreso negligente no había sabido derogar oportunamente. El segundo intento, mucho más orgánico; fue el de la dictadura de
Pinochet que, con los sumos poderes que había asumido lo hizo a través de una nueva Constitución que quiso rodear de la mayor aprobación posible. El tercer intento ha sido el de Boric, tan
mal organizado y llevado a cabo que termino por desplomarse bajo su propio peso de radicalismo.
Si se trata de juzgar cual de esos intentos refundacionales ha afectado permanentemente el devenir ulterior de Chile, tendremos que decir que los dos intentos de la
extrema izquierda, o sea el de Allende y el de Boric ni siquiera dejaron huella en Chile. En cambio, el intento de Pinochet si que cambio a lo menos un aspecto clave del futuro como
es el de convertir a Chile desde una débil economía semi autárquica basada en una población completamente insuficiente para sustentarla, a otra economía basada en la exportación de producción
competitiva a nivel internacional y en términos de comercio sumamente abiertos sobre todo en lo que a movimientos de capital se refiere. Por cierto que, al convertir la Constitución de 1980
en un anatema, la izquierda logró reabrir un proceso constitucional que su propia ignorancia de lo que es una Constitución malogró por hacerla redactar en asambleas dominadas por termocéfalos sin
otra virtud que la del grito. Lo que demostró que ni siquiera esos presidentes entendían lo que en verdad es una constitución.
Todos sabemos que una concatenación de factores imponderables que nunca se repetirá llevó al poder en Chile a un presidente como Gabriel Boric impreparado
educacional y mentalmente para gobernar un país, y de lo que se trata es evitar que otra concatenación de ese tipo consagre como intocable una Constitución que, teniendo muchas virtudes, sea hoy
muy otra que la que el país necesita con urgencia. La absurda santificación de la Constitución de Pinochet auspiciada por la propia ultraizquierda impide que la ciudadanía comprenda
cabalmente que Chile tiene urgente necesidad de darse un nuevo marco constitucional, más democrático, más ordenado, más atingente y con instituciones básicas no solo mejor diseñadas y limitadas
si no que más protegidas de la contaminación política y de la corruptela.
Sin embargo, para ese logro es necesario entender que una Constitución es básicamente el organigrama de un gobierno que está en ella definido solamente por sus
rasgos fundamentales y, por lo tanto, no es ni un programa de gobierno ni un marco inamovible que impide su evolución natural de los tiempos. Por eso es que la forma eficiente de
gestar una nueva Constitución es mediante una comisión constitucional de expertos que la definen como marco que luego debe plebiscitarse para darle una aceptación muy mayoritaria. La tarea
de legislar a partir de ella, debe haber estado regulado en la previsión de sus mecanismos.
Tenemos que reconocer, si es que somos capaces que nuestro actual marco constitucional necesita esas profundas modificaciones porque ni es suficientemente
democrático, ni es claro en los términos de traslapos de poder entre las principales instituciones y porque traba el manejo del país de muchas maneras permitiendo la interferencia en
legislaciones que son evidentemente necesarias. Creo que hoy día el presidente de la República tiene muchas facultades que no debía tener y muchísimas otras que debería tener y no
tiene. Creo que la forma de elegir a nuestras autoridades adolece de normas que permiten la llegada a puestos claves de inútiles y demagogos que solo entorpecen la verdadera función del
Estado y ello porque pretenden en realidad un empoderamiento escondido de las cupulas políticas que no reflejan, para nada, el sentir del pueblo.
Por todo lo señalado, creo necesario y urgente reabrir el tema constitucional para, de una vez por todas, darnos un marco fundamental en que una democracia sólida,
bien defendida, moderna y ágil y con instituciones prestigiadas a nivel ciudadano. Debemos entender de que eso es indispensable para garantizar una dinámica de crecimiento económico y
social propio de un país que seriamente se propone volver a ser “una copia feliz del edén”.
Me doy cuenta perfectamente que, para el próximo gobierno, abrumado por la problemática critica que el país enfrenta en tantas situaciones, reabrir el tema
constitucional es pedirle demasiado y, por tanto, lo único que ahora podemos hacer es acomodarnos al imperativo de ello. Además, los que más necesitamos prepararnos para esto somos nosotros
los ciudadanos comunes y corrientes porque hasta ahora estamos acostumbrados a elegir a un mandatario y luego irnos a la casa a mirar como lo hace y frecuentemente nos trasformamos en sabiondos
críticos que no se dan cuenta de que son parte fundamental del Estado chileno. Mantenernos movilizados para facilitarle la vida al gobierno que elegimos es algo fundamental y parte
sustancial de nuestro amor por Chile.
Orlando Sáenz