Reflexionando sobre el significado y las consecuencias de la aplastante victoria de Jeanette Jara en las primarias del oficialismo, me saltó a la memoria un verso
del “Poema del Mio Cid” memorizado desde mis días en el colegio. Traducidos al castellano actual, ese verso es:
“Ay, que buen vasallo
Si tuviese buen señor”
Viene como anillo al dedo para resaltar la principal característica de ese desmayado comicio, que numéricamente es insignificante para reflejar el sentir de la
opinión publica nacional. La principal característica a la que aludo es el contraste entre las cualidades personales demostradas por la candidata triunfante en su campaña y el partido
político de que es vasalla.
En realidad, cuando se repasa la actuación de Jeanette Jara durante su campaña cuesta comprender como es comunista una persona que demuestra tanto sentido común,
tanto humor, tanta capacidad dialéctica pero receptiva, tanto talento para disimular que no le pesa la inmensa carga que significa sumirse en el dogmatismo fundamentalista que es la doctrina
comunista y sus consecuencias como praxis política.
Al afirmar esto, tengo plena conciencia de que quienes se hayan obnubilado con la personalidad de Jara, exclamaran llegados a este punto ¡ya salió la manía y
obsesionante marca del anticomunismo para inhabilitar a la nueva estrella! Pero, quienes reaccionan de esa manera es porque nunca han estudiado lo que es el comunismo y no tienen la menor
idea que los peligros que para una sociedad democrática implica su presencia política, para no mencionar su historia tanto en el mundo como en el propio Chile.
Cierto es que desde las atrocidades de Stalin y de Mao ha pasado mucho tiempo, pero los irrestrictos apoyos a lo que ocurre en Cuba, Venezuela o Nicaragua, es
“noticia en curso” de modo que el desprecio a los derechos humanos es característica actual del comunismo y no tiene ninguna posibilidad de excusa. Jara se ha demostrado como una persona
inteligente, de modo que cuesta creer que piense que la recuperación del desarrollo económico de Chile pasa por cerrarse a una dependencia total del mercado interno, lo que no trataría de
sostener ni el más primitivo de los economistas de izquierda. Tampoco es comprensible que, demostrándose sensata, realmente deje de advertir el daño que se hace cuando se abusa de los
menguados mentales que realmente llegan a creer que trabajando menos se produce más y que el encarecimiento de la mano de obra atenta directamente contra el mejor anhelo del trabajador que es el
de tener trabajo estable.
Lo peor de todo es que, a través de los camuflajes con que Jara trata de ocultar el cerrado ideologismo de su partido demuestra que su propia inteligencia los
rechaza, porque si no fuera así, no trataría de ocultarlos. Y en eso, se demuestra más comunista que lo común porque practica con maestría el juego del engaño para obtener
apoyo.
Ahora bien, el aplastante triunfo de Jara a desbancado al llamado socialismo democrático, que en Chile se confunde con lo que es un verdadero y potente centro
político. Pero no hay nada de que sorprenderse porque basta recorrer la historia del marxismo para reconocer la suerte que terminan sufriendo todos los "compañeros de ruta” del comunismo
que en todas partes y sin excepciones han terminado anonadados tras haber servido de trampolines. Parece increíble que en tan pocos años los poderosos partidos socialista y demócrata
cristiano, cuya alianza fue capital en el ciclo virtuoso de la concertación, se hayan destruido de la manera que esta elección primaria demuestra debido fundamentalmente a su fatal decisión de
incorporar al Partido Comunista en su alianza de gobierno con el resultado de una intrascendencia política de graves y prolongadas consecuencias. Esta sola observación del destino de la
izquierda democrática demuestra porque el anticomunismo es muchísimo más que una obsesión de viejos obcecados, porque lo que en realidad es se titula alarma fruto de la experiencia.
En la historia de Chile, el Partido Comunista ha sido en tres ocasiones parte orgánica de coaliciones de gobierno. En la primera de ellas, lo fue con el
frente popular que colocó en La Moneda a tres presidentes radicales entre 1939 y 1952. Eran los años en que el “matrimonio de conveniencias” entre Estados Unidos y Rusia marcó un
comportamiento muy moderado de los partidos comunistas del mundo. Pero en cuanto comenzó la llamada “Guerra Fría” renació con fuerza la teoría de un pie en la calle y otro en el gobierno
que le hizo la vida imposible al propio presidente Gabriel González Videla. Tuvo entonces el PC la mala suerte de toparse con un presidente al que no le temblaba el pulso, como a otros
muchos, de modo que en un día le aprobó la ley de defensa de la democracia que lo lanzo por largos años a la clandestinidad.
Todos sabemos lo que ocurrió con la participación comunista en la Unidad Popular de Allende y en la Nueva Mayoría de Bachelet, en que Chile se desplomó como ejemplo
del mundo en desarrollo.
Visto todo esto, tengamos cuidado con Jara porque, bajo su placida apariencia asoma hasta para el más miope la cara terrible del Partido Comunista de Carmona y de
Jadue que muy pronto le van a demostrar a ella misma que la campaña ya terminó y que tiene que volver plácidamente al corral en que ha vivido prácticamente toda su vida.
Orlando Sáenz