LOS DRAGONIANOS

Uno de mis pasatiempos favoritos consiste en pasearme frente a mi descomunal biblioteca para escoger un libro y solazarme algunos minutos revisándolo y recordando cuando lo adquirí y leí, o conjeturando quiméricos programas para leerlo si no lo había hecho nunca.  Es así como, hace algunos días, recogí y examiné “Las venas abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano, obra que me causó honda impresión cuando lo leí atentamente a principios de los años 70’s.  Si hoy tuviera que definirlo, diría que es un largo y elocuente lamento por las inmensas riquezas que han extraído extranjeros de América Latina en los más de cinco siglos trascurridos desde el descubrimiento de Cristóbal Colón.  En su tiempo, esa lectura me produjo exaltación y horror y me infundió el propósito de convertirme en soldado del ejército latinoamericano que en adelante asumiría la defensa de nuestras riquezas naturales.


En el medio siglo trascurrido desde entonces, he cambiado radicalmente de idea y ello porque me he propuesto meditar racionalmente la respuesta a dos preguntas básicas: ¿habríamos aprovechado esas inmensas riquezas si no hubieran venido extranjeros a explotarlas?, ¿es riqueza lo que está potencialmente en la naturaleza si es que no es explotada?  Y las respuestas racionales a esas preguntas son desoladoras: con nuestros medios y nuestra iniciativa, la enorme mayoría de esas riquezas seguirían bajo tierra si no hubieran venido capitales y tecnologías extranjeras a explotarlas, por lo menos pagando impuesto y royalties.  Una riqueza no existe hasta que comienza a circular.


La verdad de esta última afirmación me llegó de la historia y de la leyenda.  La de los Nibelungos se refiere a un tesoro inmenso sobre el que duerme un dragón cuya única preocupación es evitar que alguien siquiera se acerque al tesoro que custodia.  El resultado es que ese tesoro en la práctica no existe para los que se mueren de hambre en su entorno.  Si hubiéramos dejado que nuestros gobiernos explotaran nuestras riquezas naturales para el exclusivo beneficio de nuestros pueblos, estoy seguro que estas seguirían durmiendo el sueño eterno bajo la tierra y que ni siquiera percibiríamos impuestos y royalties por ellas.  Y existen pruebas contundentes de que eso es lo que habría pasado.


Nuestro país, pese a su fama de ser el más ordenado y laborioso de América Latina, no sería productor de cobre si no hubieran venido los extranjeros a explorarlo y explotarlo.  Hoy produce cobre en buena forma porque expropió compañías ya funcionando en los tiempos de Allende, pero aun así, su producción es ampliamente inferior a la producción de las mineras privadas que jamás habrían existido con la política del dragón de los Nibelungos que en Chile tiene falanges de miopes seguidores, a los que podríamos llamar “dragonianos” porque comparten la mentalidad del dragón del “Sigfrido”.  Me gustaría preguntarle a todos los chilenos que piensan si no estaríamos mucho mejor si abriendo todo nuestro potencial minero al mundo entero en lugar de sentarnos a esperar que los tremendos avances científicos y tecnológicos cualquier día descubran un mejor conductor de la electricidad que el cobre, porque eso marcaría el momento en que el dragón se quede reposando para toda la eternidad sobre una riqueza que ha dejado de ser tal.  


Basta leer un libro de historia para ver la triste suerte que han sufrido los llamados monoproductores.  Se da ese nombre a países en que un solo producto representa lo fundamental de sus exportaciones.  Cuando por las razones que sea, ese producto encuentra sustitutos más convenientes o formas de ser producido más económicamente en otros lugares, lo que llega con sorprendente velocidad es la ruina, el hambre y el despoblamiento.  Los casos son muchos y valgan, como ejemplo, los automóviles de Detroit, el caucho del Brasil, el salitre natural del norte de Chile.  Todas esas regiones sufrieron brutales decadencias cuando se agotó el ciclo virtuoso de su producto estrella.  ¿Quieren que eso ocurra en Chile los menguados que hoy comienzan a levantar las andrajosas y desvaídas banderas del estúpido slogan de “el cobre para los chilenos”?  Si de mi opinión se trata, yo abriría a licitación internacional todos los minerales prospectados para llenar los bolsillos de los chilenos de ahora, aunque fuera a costa de los sueños utópicos de los de mañana.  Con ello vería la creación de puestos de trabajos, bien remunerados y de nuevos ingresos para el país que ciertamente no somos capaces de nosotros crear, como lo estamos demostrando.


No conozco ningún país desarrollado que haya jamás aplicado la política del dragón durmiendo sobre las riquezas naturales no explotadas.  Todos, sin excepción, practicaron la política de dedicar el estado a gobernar y no a empresariar y dejaron que, el particular que quisiera, viniera a trabajar esas riquezas potenciales en la medida que pagara impuestos y diera trabajo.  Esa es una política inteligente y no el estúpido slogan que otra vez estamos comenzando a escuchar a pesar de las aplastantes pruebas de su nunca desmentido fracaso.


En verdad, cuesta entender como hay quienes, ante esa montaña de evidencia, insisten en que la nacionalización de los recursos naturales nacionales es una política conveniente para el país.  En realidad, la única explicación posible es que se trata de personas en que la ideología puede más que la realidad.  Como puede ser que entre ellos haya quienes todavía pueden imponer la razón sobre sus pasiones políticas, deseo recordarles unas cifras muy simples: cuando Allende nacionalizó la minería del cobre, Chile producía menos de quinientas mil toneladas anuales.  Hoy, con esa política en el baúl en que también se guardan las polainas, el país produce casi seis millones de toneladas y menos de un tercio de ese total lo produce CODELCO.


Definitivamente, los dragonianos son fósiles mentales que pretenden que el país repita sus grandes errores del pasado.  Yo creía, hasta hace poco, que a este respecto hacía tiempo que Sigfrido había matado al dragón, pero parece que hay muchos que lo están resucitando.


Orlando Sáenz