La cura de la ingenuidad

 

La ingenuidad en un adulto es la incapacidad para apreciar debidamente la inminencia de una crisis que lo afectará.  Existen dos clases de ingenuidad: la que podría llamarse estructural, que consiste en incapacidad de utilizar la razón y es permanente; la que podríamos llamar voluntaria que ocurre cuando la razón es oscurecida por el escapismo de reconocer de antemano lo que será una experiencia traumática.  Es a este último tipo de ingenuidad que deseamos ofrecerle una cura porque sospechamos que afecta a buena parte de la población chilena.

 

Se trata, nada menos, de nuestra certeza de que una grave coyuntura amenaza a nuestro país y con carácter de bastante inexorable.  Esa situación deriva de dos certezas: la primera de ellas es que el gobierno de Gabriel Boric y su coalición de apoyo tendrán, en pocos meses,  que enfrentarse a tener que elegir entre el proyecto constitucional elaborado por principalísimamente el Partido Republicano o la actual constitución que nos rige y que se ha pasado casi medio siglo vituperándola,  llamándola la Constitución de Pinochet y utilizándola como bandera de lucha para exacerbar a sus partidarios; la segunda es la certeza de que la extrema izquierda (Frente Amplio y Partido Comunista) simplemente no pueden suscribir una constitución que indudablemente va a, en ambos casos, consagrar principios tales como la subsidiaridad del estado, la economía de libre iniciativa, la propiedad privada de los medios de producción, la independencia absoluta de la Contraloría General de la República, del Banco Central y de la Justicia, o la libre elección en materia de educación y salud.  

 

Para quienes hemos invertido tiempo en estudiar la doctrina filosófica formulada por los alemanes Carlos Marx y Federico Engels y su derivación como praxis política de un Partido Comunista creado para comandar al proletariado en la tarea de destruir a la burguesía para generar una sociedad sin clases, (que es la obra de Lenin), sabemos que ser parte de un acuerdo que consagre esos aludidos principios es equivalente a pedirle a la Iglesia Católica que renuncie a los dogmas fundamentales del cristianismo, como podrían ser el de la Santísima Trinidad o el de la Divinidad de Jesucristo. 

 

Si se reconoce esa imposibilidad de la extrema izquierda chilena, se puede concluir que inexorablemente buscará el camino para repudiar la vía  acordada que los ha llevado a participar en una convención constitucional en que ni siquiera tienen representación para vetar alguna disposición.  Aceptada esa conclusión como inevitable, el problema se reduce a anticipar cuando y como se producirá ese rompimiento.  Me atrevo a predecir que eso será cuestión de sondeos de opinión que ya sabemos que se realizan continuamente.  Si esos sondeos muestran que el proyecto constitucional de la actual convención puede ser rechazado, el momento será al finalizar el recuento de los votos en noviembre y el modo será mediante masivas movilizaciones populacheras.  Si, en cambio, los sondeos muestran que tal proyecto puede ser aprobado, el abandono de la instancia se producirá antes y seguramente con escandalo creado por sus pocos delegados y acompañado con protestas públicas todo lo masivas que puedan esos partidos lograr.  Es para esas contingencias que los partidos democráticos deben prepararse abandonando su ingenuidad actual, cosa que también tiene que hacer la mayoría sensata de la nación.  

 

Esa curación  de la ingenuidad se logra con una herramienta infalible, como es el uso de la razón humana.  Si el razonamiento que he ofrecido se considera válido, hay que enfrentar las consecuencias que ello ya tiene.  Para la llamada Izquierda Democrática, significará que llegó la hora de elegir entre ser vagón de cola del extremismo, como ocurrió con la Unidad Popular del tiempo de Allende, o aferrarse a sus principios y negarse a participar en tales manifestaciones que violan un compromiso de proceso constitucional ya suscrito por todos ellos.  Para la derecha política significa adoptar desde ahora posiciones que eviten concesiones excesivas en la vana esperanza de conseguir que esa extrema izquierda abdique de lo que son algunos de sus principios fundamentales.  Para el Presidente Gabriel Boric significa decidirse a cumplir su deber constitucional en que se basa su legitimidad, que es el de reprimir movimientos subversivos, o sumarse a dichos movimientos para encabezar un intento de autogolpe de estado con enormes posibilidades de terminar como ocurrió con Salvador Allende.

 

Existe una cuestión que vale la pena dilucidar como premisa de lo que ahora está ocurriendo.  ¿Cómo fue que la extrema izquierda se metió en el verdadero tubo constitucional que ahora la tiene solo con dos opciones inaceptables?  La única respuesta es una imprudencia política que la indujo a un triunfalismo prematuro en que creyó que el gobierno de Boric y la convención constitucional derrotada en septiembre pasado le permitirían asegurarse una revolución desde el poder, al estilo Hitleriano del año 1933.  Fue una imprudencia política de marca mayor que no le deja más opciones que un atrincheramiento político de medio siglo en un régimen democrático indeseado o un golpe de estado popular desde la calle.  De esa decisión y de los compañeros de rutas que pudieran acompañarla, depende en gran medida el futuro inmediato de Chile.  ¿Hasta dónde la acompañará Boric en esa aventura?   

 

Orlando Sáenz