HABLEMOS DE TRANSICIONES

 

 

Como sé que la única luz que puede iluminar el futuro es la que se proyecta del pasado, deseo invitar a mis lectores a preguntarle a la historia qué suerte le espera a Chile durante la transición desde el sistema de gobierno democrático representativo que nos ha regido durante los últimos treinta años hasta un nuevo sistema que se supone diseñará la Asamblea Constituyente recién designada.

 

En una reflexión anterior (“El arte de lo posible”) ya hice notar que las transiciones entre sistemas de gobierno se han producido en la historia de casi todos los pueblos y que, casi siempre, han estado acompañadas de episodios traumáticos que suelen prolongarse por largos periodos.  También hice notar que, en algunos casos, han provocado enormes tragedias, como son las de la Revolución Francesa, que transitó desde una monarquía absoluta de derecho divino a una república, la Revolución Rusa que a su vez transitó entre una autocracia dinástica y una república, y la Revolución Mexicana que lo hizo desde el Porfiriado a una república.  Pero sin llegar a esos extremos, se puede sin temor asegurar que toda transición de ese tipo acarrea un trastorno mayor en la vida de los pueblos. En todo caso, debe tenerse siempre presente que hay dos factores que sin duda aumentan el daño que se puede derivar de una transición y ellos son la magnitud del cambio que se pretende lograr y el nivel de polarización en que el proceso tiene lugar.

 

Sin embargo, es de notar que han existido transiciones entre sistemas muy diferentes en que, pese a todo, los trastornos sufridos se han minimizado.  Son casos desgraciadamente infrecuentes, pero que existen, y en nuestro pasado cercano.  Tal es el caso de la transición entre la dictadura de Francisco Franco y la monarquía democrática de Adolfo Suarez.  Tal es también el caso de la transición en Sudáfrica desde el oprobioso “apartheid” a la república democrática de Nelson Mandela y también es el caso de la transición desde la dictadura militar de Augusto Pinochet a la democracia de Patricio Aylwin en nuestro propio país.  Habiendo constatado eso, resulta de la máxima importancia analizar los factores comunes que han tenido estos casos para evaluar la posibilidad de que su repetición le reste poder desquiciador a la transición que Chile intenta entre un sistema democrático representativo de corte tradicional en la cultura occidental en que nuestro país está inserto, y un sistema distinto que ni siquiera está esbozado pero que se declara, en forma no muy creíble, como el de una democracia más directa y revolucionaria. 

 

Y, en cuanto abordamos la tarea de reconocer los factores comunes de estas transiciones constructivas, nos encontramos con una cosecha ubérrima porque son muchos.  En primer lugar, en los tres casos la necesidad de la transición era reconocida por las dos partes.  En los tres casos, la institucionalidad de la transición estaba preparada y diseñada.  En los tres casos, existían interlocutores válidos tanto del sistema de gobierno que caducaba como de quienes representaban la nueva institucionalidad.  En los tres casos, el nuevo sistema de gobierno estaba ya diseñado.  En los tres casos, existían estadistas clarividentes en ambos lados.  En los tres casos, la gobernabilidad estaba firmemente sostenida durante toda la transición.  En los tres casos, existía un clima de aceptación y de disciplina social.

 

Seria demasiado largo analizar el fundamento de cada una de estas similitudes en los tres casos que hemos utilizado como ejemplos.  Sin embargo, conviene recordar que en todos ellos sobresalieron los estadistas que, en última instancia, hicieron posible la tranquilidad y el bien común de sus respectivos pueblos.  En el caso español, fueron políticos como Fraga Iribarne y Adolfo Suarez; en el caso sudafricano, fueron Frederik de Klerk y Nelson Mandela; y en el caso chileno fueron varios, por ambas partes, que podríamos personificar en Jaime Guzmán y Patricio Aylwin.

 

De este sencillo análisis surge la imposibilidad de ser optimistas frente a los frutos que promete la nueva transición chilena.  Casi ninguna de las condiciones que hicieron posibles las transiciones paradigmáticas se repite en nuestro caso.  Cierto es que la necesidad de la transición es ya muy mayoritariamente aceptada y que también el régimen saliente ha preparado el marco en que ella puede efectuarse, pero no existe nada parecido a interlocutores válidos ni existe precisión alguna sobre el modelo a que se aspira llegar.  No se ven por parte alguna los estadistas que requiere una transición como la buscada, la gobernabilidad es sumamente feble y para nada se da el clima de tranquilidad y de mínima colaboración que hace que estos procesos se puedan desarrollar en calma.

 

Por todo lo señalado, es insensato pensar que la transición que Chile ha iniciado pueda ser conducente a un país mejor.  En realidad, la historia nos dice que todo lo que se puede esperar es un turbulento periodo antecesor de años de decadencia y que solo un milagro podría ofrecer algo mejor que eso.  Lo que Chile se está proponiendo es la insensatez de refundar un país sin tomar en cuenta sus raíces y su historia y eso nunca ha sido factible.

 

Todavía conviene extraer una lección de esos casos en que la transición ha derivado en enormes y sangrientos conflictos y en largos periodos de desastre.  Todos ellos, lejos de dar a luz un sistema nuevo y estable, terminaron, tras breves interludios, en gobiernos totalitarios.  La Revolución Francesa tras una efímera república, fue a parar en el Imperio autoritario de Napoleón.  La Revolución Rusa, tras una democracia casi nonata, derivó en la terrible tiranía de Lenin y Stalin.  La Revolución Mexicana, terminó en la dictadura disfrazada de democracia del PRI.  Sería bueno que los liderzuelos radicalizados del Chile de hoy, que tienen de altaneros lo que no tienen de prudentes, se fijaran en esa lección y meditaran en que, sin siquiera darse cuenta, pueden estar más cerca de Dawson que del Patio de los Naranjos.

 

Orlando Sáenz   




Santiago, 8 de junio 2021